Sobre la ideología de la no-discriminación (2)

Continuando con esto.
Dios odia a los maricas.
13 agosto, 2012 |

“Qué hay detrás de… (II)”: La cuestión de la tolerancia

2. La cuestión de la tolerancia

No diremos nada nuevo señalando que el error disimulado y sutil es más dañino que el desembozado. Mientras que el error evidente mueve rápidamente a levantar la guardia, las teorías más capciosas son refutadas con mayor dificultad. No obstante, el peor de los males seguirá siendo la coexistencia pacífica de la “verdad” con el error, de lo “bueno” con lo malo. Y las comillas no son errata.
¿Acaso no se nos suelta que debemos tolerar el “matrimonio” entre homosexuales? ¿Por qué quejarnos “si no nos afecta a nosotros”? ¿Por qué no dejarlos “en paz”? ¿Qué daño nos haría, si no vamos a dejar de casarnos como se debe? Todo este argumento reposa sobre la idea de tolerancia. Examinémosla.
Servirán para abrir el fuego las palabras de Ernest Hello, el cual –en pleno siglo XIX– ya alertaba respecto de todo lo que esconde la pretensión de tolerancia. Tanto hoy como antes esta idea toma prestada bellas palabras:

“Se vuelve el nombre de la caridad contra la luz siempre que, en vez de aplastar el error, pacta con él, so pretexto de conducirse prudentemente con los hombres. Se vuelve el nombre de la caridad contra la luz cuantas veces se le emplea para flaquear en la execración del mal”.

Tanto si las personas, pretextando amor o prudencia, evitan condenar aquello que es erróneo en aras de la tolerancia, vuelven contra la luz aquellos nombres, utilizándolos para lo que no han sido pensados. Porque el mandato que ordena amar al prójimo también ordena combatir su error. Y es frente a los males causados por todo aquello que nos separa de la verdad que nace en las almas de los justos la santa ira, la sed de justicia, tal como será puesta en el Sermón de la Montaña por Cristo, a propósito de las Bienaventuranzas4 . De ahí que no pueda un bautizado aceptar la idea moderna de la tolerancia –propia de la mentalidad subjetivista y agnóstica– sin desnaturalizar uno de los Nombres de Dios: el Amor.
La santa cólera, que es efecto del amor fiel, radiante, celoso, es eliminada de esta manera. Y esta eliminación permite justificar actitudes propias de quienes negocian con aquello que no tiene precio:

“El hombre se ablanda en presencia de la debilidad que quiere invadirle, cuando ha adquirido el hábito de llamar caridad al universal acomodamiento con toda debilidad aún lejana”.

En otras palabras: cuando a los católicos se nos exige “tolerancia” para con este proyecto inicuo, subrepticiamente se nos está exigiendo que abandonemos uno de los efectos propios del amor fiel. Hello detectaba la motivación interna de esta actitud:

“La ausencia de horror para con el error, para con el mal, para con el infierno, para con el demonio, esta ausencia parece que llega a ser una excusa para el mal que uno en sí lleva. Cuando menos se detesta el mal en sí mismo, más se prepara un medio de excusar el que se acaricia en la propia alma”5 .

Si el celo por la casa de Dios nos consume, jamás podríamos consentir esta legalidad inmoral. Tal abandono sólo es posible una vez extinguida la caridad, por efecto de argumentos pacifistas. Aclara el Angélico:

“El celo, de cualquier modo que se tome, proviene de la intensidad del amor”.

Y luego explicará las razones: “Porque es evidente que cuanto más intensamente tiende una potencia hacia algo, más fuertemente rechaza también lo que le es contrario e incompatible”. Y así corona Santo Tomás el corpus del artículo:

“Se dice que alguien tiene celo por la gloria de Dios cuando procura rechazar según sus posibilidades lo que es contra el honor o la voluntad de Dios”6 .

Veamos ahora los efectos de la tolerancia moderna en las inteligencias tocadas por ella.
Por sentido común, cada persona que sostiene una postura la pretende verdadera, aunque objetivamente no lo fuese. Cuando hablamos, pretendemos decir cosas verdaderas aún cuando podamos o de hecho estemos equivocados. Hasta el mentiroso sigue a la naturaleza en este punto: expresa palabras que pretende sean tenidas por verdaderas. Pero el primer efecto de la tolerancia moderna consistirá en considerar sin sentido a la pretensión de verdad, lo cual es mucho más grave que una vil mentira.

“En cualquier esquina podemos encontrar un hombre pregonando la frenética y blasfema confesión de que puede estar equivocado. Cada día nos cruzamos con alguno que dice que, por supuesto, su teoría puede no ser la cierta.
Por supuesto, su teoría debe ser la cierta, o de lo contrario, no sería su teoría”7 .

Esta falsa humildad, reflejada en la cita chestertoniana, recorre buena parte de los discursos actuales. La detectamos porque gusta reservar su derecho a otras tesis opuestas.
Siempre fue corriente que toda afirmación rechazara su opuesta. Proceder de esta forma es lo sano, pues los contradictorios no pueden ser verdaderos al mismo tiempo. Esta pretensión de todas las afirmaciones, incluso de las más inocentes e insospechadas de componente ideológico, las vuelven “exclusivas y excluyentes”; es decir, las vuelven sostenedoras de su tesis y adversarias de las opuestas. Esto es, en principio, lo normal.

“Los jalones colocados en las rutas no ponen sus indicadores en estilo dulce y florido: emplean el estilo de su utilidad. Precisos, directos, insistentes y autoritarios, no dicen: si yo no me engaño, no dudan de sí, no se excusan por lanzar con rudeza a la vista de los transeúntes las flechas de la dirección y las cifras de la distancia. Mas ¿se queja el viajero?”8 .

Si el error, no por virtudes propias sino por coherencia, pretende exclusividad; cuánto más –y cuán legítimamente– la verdad debe exigir lo mismo. Lutero, por ejemplo, no sólo buscaba la divulgación de su herejía sino que además –con lógica, pero sin verdad– buscaba aplastar aquellas tesis opuestas a la suya. Equivocado, sin duda, pero guardaba para su tesis la coherencia propia de la verdad: la intolerancia para con lo que él juzgaba erróneo.
Hemos mencionado el vocablo clave, convertido por lo general en mala palabra. Se ha condenado un término y se ensalza su antónimo, la tolerancia, propia de las épocas modernas. El culto a la tolerancia no es sino aquella postura que propone la búsqueda de una pretendida convivencia pacífica de todas las posturas, opiniones, doctrinas. Este pensamiento no conoce ni se expresa en términos de error o verdad, sino en términos de tolerancia-intolerancia. Piénsese en John Locke con su Carta sobre la tolerancia, en Juan Jacobo Rousseau y El Contrato Social o más cerca en el tiempo,tómese La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper y allí podrá verse claramente la expresión acabada de esta idea.
Al hablar de la convivencia de la “verdad”con el error, usaremos nuevamente las comillas, porque arriesgamos a decir –por escandaloso que parezca– que la verdad, si no rechaza a su contrario (esto es, sin intolerancia) no es verdad. Así, en el tema que nos ocupa, la verdad está emparentada con la naturaleza, mientras que el error puede con la contranaturaleza.
Al respecto del intento de brindar el nombre de “matrimonio” a tales uniones, fue astutamente falaz la invitación a aceptarlo bajo el argumento de que tal innovación sólo reconocía su posibilidad, sin menguar los derechos de los “demás” matrimonios. Sólo se nos pedía tolerancia. En efecto, nos exigían que toleremos, junto al modelo natural, su parodia.
Qué se busca con este ardid: si la naturaleza tolera la contranaturaleza, aquélla pierde –necesariamente– su carácter exclusivo, convirtiéndose en “una alternativa más” y no “la alternativa” a la hora de descubrir el verdadero sentido, origen y finalidad de la sexualidad humana.
Cuando un comportamiento ilegítimo tiene la protección de la ley, esta genera –carácter ejemplar de la norma legal mediante– una grave confusión en el sentido común de la gente, ya anestesiado: bajo la palabra matrimonio se entenderá tanto la unión entre “padre y madre” como “madre y madre” o “padre y padre”, aunque la palabra matrimonio provenga de la palabra matriz9 .
Alguien tal vez señalará que no es muy distinto sostener una postura como absolutamente verdadera y sostenerla como una opción más. Al fin y al cabo –podría decirse– la postura es sostenida. No obstante, hay una enorme diferencia y un ejemplo lo aclarará. Cuando los católicos predicaron la Divinidad de Cristo en el Imperio Romano, afirmaban que era el Único Dios Verdadero; por consiguiente, todos los demás eran falsos. La afirmación monoteísta descalificaba el politeísmo antiguo. Si hubiesen presentado a Cristo como uno más, nadie los hubiese perseguido. La persecución, el testimonio y el martirio tienen lugar cuando se proclama la Verdad incondicional en tanto que incondicional. He aquí la diferencia entre defender el Orden Natural como una postura válida más, en igualdad con otras, y defenderlo como exclusivo y excluyente.
El amor a Dios lleva a la práctica lo de Proverbios 8, 13: Temer a Dios es aborrecer el mal. No debemos tolerar o respetar ni el pecado, ni el vicio, ni el error. Gómez Dávila, lúcidamente avisado sobre este lenguaje, señalaba su origen:

“El que se dice respetuoso de todas las ideas se confiesa listo a claudicar”.


4 Mt. 5, 6.
5 Ernest Hello. El hombre. La vida – La ciencia – El arte, Buenos Aires, Difusión, 1941, pág. 86.
6 I-II, q. 28, art. 4, corpus.
7 Gilberth K. Chesterton, Ortodoxia, Buenos Aires, Excelsa, 1943, págs. 51-52.
8 Charles Maurras. Mis ideas políticas, Buenos Aires, Huemul, 1962, pág. 87.
9 Los promotores de la ideología antidiscriminatoria pretendieron subestimar el valor esclarecedor de la etimología de ciertos términos, a fin de sostener racionalmente su postura. No importaba, pues, que matri hiciera pensar en la palabra mater –“madre” en nominativo singular de latín– puesto que “si nos rigiéramos por la etimología para determinar los alcances de una institución jurídica… el ‘salario’ debería pagarse en sal…”. Nuestro adversario ofrece algunos ejemplos más, pero este basta. Aunque tales puedan impresionar, una observación atenta basta para desarticularlos. En el caso de la palabra “salario”, no se verifica que la misma haya cambiado de significado. La palabra salario continúa queriendo decir, obviamente, el pago debido a determinado tipo de trabajos realizados. Lo que ha cambiado es el objeto –y no el significado– con el cual se retribuye: sal, monedas, cheques, billetes, etc.
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