Sobre la ideología de la no-discriminación (4)

NO a la sodomía. NO al homosexualismo.

QUÉ HAY DETRÁS DE LA IDEOLOGÍA DE LA NO DISCRIMINACIÓN (4º Parte)

QUÉ HAY DETRÁS DE LA IDEOLOGÍA DE LA NO DISCRIMINACIÓN

Por Juan Carlos Monedero
4. Contrabando ideológico
¿Qué es lo que sucede cuando una misma palabra ya no significa única y exclusivamente una cosa sino que, también, puede significar otra (en este caso, su contrario)? ¿Qué ocurre? Tiene lugar la funesta tolerancia y coexistencia de la verdad con el error, al amparo del mismo techo. Esta seudo comunidad es lo que comienza a ablandar y a suavizar, lenta pero inflexiblemente, la mentalidad de las personas. Es la colonización mental, que tiene como base impedir la capacidad de diferenciar las cosas unas de otras, abismándonos a la confusión.
La coexistencia mutua de los contradictorios desmoraliza y desanima las almas de quienes viven el verum, el bonum y el pulchrum intensamente. Si el mismo término –«matrimonio»– comienza a significar, indistintamente, tanto una realidad natural como otra contra la naturaleza, la norma que termine autorizándolo tendrá como efecto desdibujar y si fuera posible aniquilar la diferencia entre lo natural y lo antinatural, pues “la misma” palabra significa las dos cosas. Y donde no hay límite que distinga todo está permitido, porque no hay nada que discrimine aquello permitido de aquello no-permitido.
La convivencia pacífica de lo natural con lo antinatural es la muerte de la naturaleza. También por el siglo XIX el Cardenal Pie había advertido este problema. Por eso iniciaba su sermón –La intolerancia doctrinal– con esta sentencia que puede aplicarse perfectamente a nuestro tema:
“Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio”.
Y decía, entonces, desde el púlpito:
“La afirmación se aniquila si ella duda de sí misma, y duda de sí misma si permanece indiferente a que la negación se coloque a su lado. Para la verdad, la intolerancia es el anhelo de la conservación, el ejercicio legítimo del derecho de propiedad. Cuando se posee, es preciso defenderse, bajo pena de ser en breve totalmente despojado”.
El enemigo, en esta oportunidad, no nos pide que neguemos nuestra idea, ni que la cambiemos. Sólo nos fuerza a aceptar la contradicción junto a la tesis por nosotros sostenida. Busca arrebatar el carácter excluyente de la verdad. Romano Amerio sentencia muy ciertamente al respecto:
“La contradicción es algo profundo, más bien es uno de los primeros principios, y es la cosa más profunda del ser porque se encuentra en la más estrecha relación con el ser. Si el ser es profundo, es decir, si es un primer principio, su contradicción, su negación, es igualmente profunda, es igualmente primaria”.
No hay nada más allá, no hay nada detrás de la contradicción. Es lo último, lo invencible, lo irreductible. Si logran extirpar la capacidad para percibir el ser –y por ende, percibir la contradicción– la guerra de las palabras habrá conquistado las cosas, ya confundidas debido al manoseo semántico.
La percepción del ser es la condición de la vida intelectual, ética y artística; es la base de la inteligencia, para luego ser informada por la fe. ¿Advertimos lo decisivo de esta guerra? Por eso afirma nuestro autor:
“Cuando nos hallamos en este orden de reflexión, estamos en lo más profundo: no se puede ir más allá. Por tanto, convendría tener reparos, temor, pavor a la contradicción” [9].
Un verdadero contrabando ideológico tiene lugar al redefinir la palabra matrimonio: al admitir en su seno lo contradictorio –lo que no es tal– admite por lo mismo en su interior a la nada. La inteligencia humana, asediada por el y el no respecto de lo mismo, padece una suerte de esquizofrenia.
Este estado caótico de la mente le impide juzgar las cosas como son, introduciendo una categoría matemática y cuantificable en un terreno que no la admite, puesto que una unión entre dos personas, o es matrimonio o no lo es. No cabe un término medio. Pero si se admite el uso de la palabra matrimonio para las uniones entre homosexuales, esta percepción intelectual estaría seriamente quebrantada. Éste es el peligro.
Llegará el día en que uno se pregunte: ¿El matrimonio es la unión de uno con una para siempre? Y se le contestará: “Mas o menos. También puede ser la unión de uno con uno, o una con una, por el tiempo que ellos deseen”.
Ahora bien: entre la verdad y el error no cabe un término medio. Toda la contundencia, la intransigencia será poca en este tema vital. Pero si la misma palabra se usa para dos cosas opuestas, vulneramos el entendimiento de la persona, porque tanto el ser como la nada son admitidos simultáneamente, bajo el mismo vocablo; ambos son hechos propios, a ambos le son abiertas las puertas.
Sin embargo, abrirle las puertas a dos posturas, al mismo tiempo, es considerado habitualmente como un signo de su carácter complementario y no opuesto. Si a dos posturas contradictorias se las admite en el mismo recinto, bajo la misma denominación, es un signo tácito de que ellas “no son” contradictorias.
Pero si no son contradictorias, si la verdad y el error ya no se oponen invenciblemente, si el ser y la nada ya no son inconciliables, entonces queda instalada una confusión máxima: la identidad entre el ser y la nada, la identidad de los contradictorios[10].
Luego, no hay distinción entre naturaleza y contranaturaleza.
Este es el objetivo de la ideología de la no discriminación.
Contemplamos así el quiebre de la capacidad de discernimiento de la inteligencia humana, pues ya no hay línea que divida y distinga la verdad del error, lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, la normal de lo anormal; en última instancia, el ser de la nada:
“La mezcla de la verdad y el error produce, en boca del mundo, efectos desastrosos. Da a la verdad apariencia de error y al error apariencia de verdad. Hace participar a aquél del respeto que a aquélla se debe” [11].
También ha sido el Padre Petit de Murat quien en su ensayo La palabra violada, se refiere anticipadamente a nuestro tema:
“La alteración que hoy padece la palabra es muy distinta (a las alteraciones pasadas); está sujeta a una doble intención que la violenta en el nexo del signo con lo significado. Al uno se lo mantiene suspendido en su significación primera, mientras se socava lo segundo con la contrariedad misma de lo que se significa”.
Se mantiene suspendido el significado original de matrimonio, puesto que continúa aludiendo el compromiso de un hombre y una mujer, pero se introduce además –esto es lo clave– las uniones entre homosexuales. El Padre Petit advierte clarísimamente las implicancias que tiene el ataque a la palabra humana, reflejo de Otra Palabra: “el triunfo de la iniquidad moderna, su carcajada final frente al Verbo sangrante [12] consiste en que ha logrado clavar su aguijón en las junturas mismas del concepto con su vocablo”.
Hay un latrocinio de la palabra. Nos es quitada, arrebatada de su significación original para inyectarle un veneno de confusión potentísima:
“Este último (vocablo) ha sido robado para violarlo e imponerle el feto de una significación precisamente contraria, que desde dentro le devora su propio ser significante; se explota su sentido original para inocular en la mentalidad de los pueblos la idea adversa a lo que él necesaria e inmediatamente sugiere”.
Aunque el Padre Petit no se refiera al proyecto de legalización de uniones homosexuales, sus palabras se aplican perfectamente. Todo el valor, toda la importancia y entidad del verdadero matrimonio “se explota” precisamente “en su sentido original” –que remite al amor entre cónyuges, a la fidelidad mutua y al amor para con los hijos– para conseguir la colonización mental.
La hipocresía queda desnuda: lo único que se busca es insinuar, sugerir para finalmente imponer que la palabra matrimonio nos remita, en iguales proporciones, tanto a la homosexualidad como a la heterosexualidad.
Éste es el objetivo. Nunca tan actual como hoy la enseñanza del sacerdote dominico.
La guerra intelectual e ideológica a la cual asistimos es de tan vastas proporciones que se vuelve una verdadera necesidad hacer uso de argumentos contundentes, con lógica correcta y contenido verdadero; no argumentos que puedan ser usados también contra nosotros. Es tanta la fuerza, la patencia del ser, de lo verdadero, que proclamada ésta no puede sino ensancharse y repudiar su contrario: el error, lo falso. En una palabra, la nada. Repudiar la falsedad es también efecto del celo amoroso:
“Quienquiera que ama la verdad aborrece el error y este aborrecimiento del error es la piedra de toque mediante la cual se reconoce el amor a la verdad. Si no amas la verdad, podrás decir que la amas e incluso hacerlo creer a los demás, pero puedes estar seguro de que, en ese caso, carecerás de horror hacia lo que es falso, y por esta señal se reconocerá que no amas la verdad” [13] .
De ahí que ellos deseen que la palabra matrimonio no repudie la unión entre homosexuales, debilitando la institución familiar. Este es el mecanismo y objetivo que estamos presenciando.

[9] Romano Amerio. Ponencia presentada en el Congreso Teológico de Sí Sí No No, http://lamentabili.blogspot.com/2009/07/romano-amerio-e-caritas-in-veritate.html . Visto el 26 de junio de 2010. Deberíamos preguntarnos si tenemos ese temor a la contradicción o si, por el contrario, constantemente formulamos argumentos endebles, raquíticos, propios del liberalismo y no de la doctrina católica. Desarrollaremos más adelante este punto.
[10] De ahí la frase de Martín Heidegger: “¿No pertenece a la esencia de la verdad, justamente lo opuesto a su esencia? (…) ¿no tiene entonces que retomar la hasta ahora omitida no esencia de la verdad, la no verdad, y admitirla expresamente en la esencia de la verdad? ¡Evidentemente!”.
[11] Ernest Hello. El hombre…, ídem pág. 111.
[12] La versión que tenemos de La palabra violada incluye al citar esta palabra la siguiente nota al pie: “Agraden al cielo con sus bocas y la lengua de ellos lame la tierra”. Salmo LXXIII-9.
[13] Ernest Hello, citado por el Padre Alfredo Sáenz SJ, Siete virtudes olvidadas, Buenos Aires, Gladius, 2005, pág. 142.
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