El islamismo es un castigo para los pueblos perversos

Martes, 13 de enero de 2015

EL ISLAMISMO, CASTIGO PARA LOS PUEBLOS PERVERSOS

Traducción tomada de CATÓLICOS ALERTA, desde SÉDÉVACANTISTE POUR RESTER CATHOLIQUE (Francia)

  

“Y matadlos [a los cristianos] dondequiera que los encontréis, y echadlos de donde os hayan expulsado” (Corán, Sura 2, V.191)

   

“En ese momento (finales del siglo VII), hacía casi dos siglos que había aparecido en la tierra un hijo de Belial, que durante un período de más de mil años mantuvo en vilo a toda la cristiandad.
    
Islamismo “religión monstruosa”, dice Bossuet en su hermoso panegírico a San Pedro Nolasco, “la religión que se niega a sí misma, que tiene por toda razón su ignorancia, por toda persuasión su violencia y su tiranía, por todo milagro sus armas” y yo agregaría, por todo atractivo sus excitaciones voluptuosas y sus promesas inmorales, el Islamismo ya había invadido vastas regiones.
    
Que el cisma, que la herejía aparecieran bajo sus golpes, fue una gran desgracia, sin duda, sin embargo, es ley de la historia y disposición habitual de la Providencia que para castigar a los pueblos perversos, se sirve de otros más perversos; por mucho tiempo esa fue la misión del islamismo.
    
Pero he aquí que no sólo la cristiandad ha sido alcanzada por estas castas que han descompuesto en ellas el principio de la vida por la alteración del principio de unidad y de verdad: es Europa en sus partes más vitales, es el corazón mismo del catolicismo que están amenazados; es el baluarte de la ortodoxia, el reino más cristiano, es Francia, y detrás del baluarte de Francia, es la metrópoli del cristianismo, es el mundo entero que debe temer todo de estos nuevos e implacables bárbaros.
    
Cruzaron los Pirineos, se lanzaron sobre nuestras hermosas provincias del sur, saciaron la sed de sus espadas con la sangre de nuestros hermanos ortodoxos, avanzan hasta Borgoña; a su paso dejan huellas de fuego y sangre, pero sobre todo de profanación e impiedad. Nadie se atreve a tomar las armas para detenerlos…”
Homilía del Cardenal Pie en la Catedral de Nantes, Noviembre 8 de 1857
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